Esta mañana, al volver de mis vacaciones en Roma, me acompañaron a casa Paul, George y Ringo.
Me extrañó que fueran ellos a recibirme al aeropuerto y tú no.
Según me dijeron luego, llevaban varios días sin saber nada de ti y estaban preocupados.
Cuando llegamos, me extrañó el silencio que reinaba en la casa. Todo estaba en calma aparente y sólo se escuchaba un murmullo procedente de la cocina.
Paul se adelantó, y al mirar hacia atrás, vi en sus ojos la duda de si era mejor que yo no entrara.
-Cinthya, vámonos, mejor volvemos más tarde- me dijo al tiempo que me empujaba hacia atrás.
Le aparté con la poca energía que mis nervios me dejaron, y allí te vi con ella, demacrado, pálido, casi rayando con la decadencia de tu figura.
No quise que me vieras llorar, porque ¡te amaba tanto!, y por eso me excusé y salí por la puerta.
Ahora estoy aquí, en la orilla del que era nuestro mar, escribiéndote éstas palabras, que ni tan siquiera sé si llegarás a leer.
Me dolió encontrarte a mi vuelta con ella, precisamente con ella, que tanto daño me había hecho.
De un plumazo se borraron todas las promesas que me hiciste.
De un plumazo eliminaste cualquier atisbo de comienzo.
¿Recuerdas por qué me fui a Roma?
Se supone que era una semana de reflexión para los dos.
Para mí porque necesitaba colocar mis ideas y pensamientos, y para ti porque sentiste la necesidad de demostrarme que estando solo no caerías en la tentación.
Veo que rápidamente olvidaste tus promesas de papel y las convertiste en papel mojado.
Olvidaste mis besos, esos que decías que te daban la vida, y los cambiaste por labios que se ofrecen al mejor postor.
Olvidaste mis manos acariciando tu cuerpo, esos dedos que decías que te transportaban hasta el más allá, y los cambiaste por huellas rotas de dedos insensibles.
Olvidaste mi cuerpo deshaciéndose debajo de tu cuerpo, esa imagen que tanta veces recreaste en tu música, cuando todavía decías que yo sería tu Musa eterna.
John, siempre serás el gran amor de mi vida, ese amor que nadie podrá sustituir en mi corazón, porque aunque me cueste confesártelo, aún te quiero.
Pero la decisión está tomada y no hay vuelta atrás.
Ni siquiera voy a preguntarte si la quieres o si a su lado sueñas sueños más hermosos de los que soñabas estando conmigo, pero ya no puedo seguir alimentando un amor que es sólo de ida.
He dejado de confiar en ti, y tú has derrumbado lo poquito de quedaba en pie de nuestra relación.
Pero no sufras, que salgo por la puerta con la cabeza alta, porque lo que nunca conseguirás tirar abajo, es mi dignidad.
Por último te dejo una estrofa de ese poema que tantas veces me susurraste al oído:
“Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido.
Yo porque tú eras lo que yo más amaba.
Tú porque yo era la que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo,
porque yo podré amar a otros como te amaba a ti,
pero a ti no te amarán jamás tanto como te amaba yo”.
Cinthya Powell.